A cambiar el Falcon

Finalizado el primer semestre del año, el balance del ciclo de Gustavo Alfaro da positivo. Boca se subió al podio en la Superliga y así se clasificó a la Libertadores 2020, se metió en los octavos de final de la actual Copa al finalizar primero en su grupo, obtuvo la Supercopa Argentina al vencer por penales a Rosario Central y accedió a la final de la Copa de la Superliga, en donde cayó con Tigre. Pero la estadística más que favorable no debe ocultar las carencias futbolísticas exhibidas en estos casi cinco meses de gestión. El Falcon -como el propio Alfaro definió a su equipo- puede ser rendidor pero no asoma confiable para los objetivos que se vienen.

Hasta ahora, su Boca fue un equipo que dependió mucho de las individualidades. La inspiración de sus jugadores lo llevó muchas veces al éxito pero esa jerarquía individual suele generar una dependencia peligrosa si no existe una estructura que lo sostenga. ¿Qué sucede cuando Andrada falla como en el primer gol de Tigre el domingo o cuando Benedetto desperdicia cuatro situaciones de gol? Ahí queda al descubierto la falencia colectiva. Boca aún no posee un funcionamiento capaz de contener una mala tarde de sus futbolistas.

El principal déficit arranca en la generación de juego. Por empezar, no tiene centrales con la capacidad técnica para conducir y así generar superioridades en la mitad de la cancha. Marcone, de buen pie, no interviene tanto en la elaboración, en lo que parece ser más una decisión técnica que un problema del jugador. Tampoco existe un conductor natural que reúna ciertos requisitos básicos, como panorama, pausa, llegada al área y desequilibrio individual. Bebelo Reynoso pudo cumplir ese rol y venía haciéndolo bien pero justo se lesionó en la parte final del semestre. Tevez se puso la ropa de lanzador, sobre todo ante Tigre, pero no garantiza en ese aspecto un salto de calidad. Si a eso se le suma el conocido individualismo de Zárate y que Pavón y Villa son más propensos a atacar espacios que a establecer asociaciones creativas, queda claro que el volumen de juego es escaso. ¿Los refuerzos en este receso serán para fortalecer dicha carencia o se profundizará un juego más directo?

Alfaro, a lo largo de su carrera como entrenador, demostró sentirse más cómodo en priorizar la obstrucción de planteos ajenos que la construcción del juego propio. La ubicación de Nández adelantado para impedir la generación de fútbol de Giménez en la ida ante Vélez por la Copa de la Superliga es un buen ejemplo de cuál es la zona de confort del DT. Pero incluso en la fase defensiva, este Boca tampoco fue una garantía de seguridad. Si bien terminó 14 de 27 partidos con la valla invicta y sólo recibió 15 goles, sería un error interpretar esos datos como un canto a la solidez. La jugada previa al penal del segundo gol de Tigre, por caso, demuestra que no siempre defiende bien cuando el equipo ataca y que el retroceso puede no ser bueno. La idea de colocar muchos hombres siempre detrás de la línea de pelota puede servir ante equipos carentes de imaginación y creatividad para encontrar espacios, pero tampoco es una garantía. AJustes, en definitiva, que deberá poner en práctica Alfaro porque así, con la Copa Libertadores como principal objetivo, el Falcon no le va a alcanzar.