Rumbo incierto: dejaron todo, levaron ancla y allá van

«Por lo menos ahora el rumbo es incierto», dijo Juan para sí, pero en voz alta, mientras se duchaba. Ese día firmaría el retiro voluntario de la empresa para la que había trabajado los últimos 8 años como psicólogo. Para muchos estábamos locos, incluso nosotros mismos no teníamos tan en claro cuál era el plan, pero nuestra familia y amigos más cercanos no se para nada ante la noticia: «Era sumar dos más dos», dijo mi hermana, la madrina de Ulises.

Viendo en retrospectiva, hicimos mucho para poder hacer este viaje, que tiene varias fechas de inicio. En julio de 2017, Juan y ex alumnos de la escuela Tangaroa, donde enseñaba a navegar junto a Jorge Correa, llevaron nuestro velero de Buenos Aires a Florianópolis. En marzo de 2018 decidimos no traer el barco de regreso, sino aprovecharlo en un mes de vacaciones por el mar de Santa Catarina, en el sur de Brasil. Esto funcionó como prueba piloto de cómo sería la vida a bordo, una prueba que salió tan, pero tan bien, que seis meses después estaríamos trabajando para hacer del Tangaroa2 nuestra casa.

En Buenos Aires dejamos nuestro departamento en alquiler con todo lo que tenía adentro y nos trajimos una mochila cada uno, más una extra de juguetes. Limpiamos el barco, lo sacamos del agua, hicimos algunas cuantas mejoras para la vida a bordo, y zarpamos un sábado temprano. Las primeras escalas fueron Bombas y Bombinhas, Camboriú, Itajaí, Sao Francisco do Sul

         En Buenos Aires dejamos nuestro departamento en alquiler con todo lo que tenía adentro y nos trajimos una mochila cada uno, más una extra de juguetes. Limpiamos el barco, lo sacamos del agua, hicimos algunas cuantas mejoras para la vida a bordo, y zarpamos un sábado temprano. Las primeras escalas fueron Bombas y Bombinhas, Camboriú, Itajaí, Sao Francisco do Sul

                                 Constanza Coll

                                  @EL_BARCO_AMARILLO

Con Juan nos conocemos del jardín de infantes, compartimos la vida hace 15 años, y desde siempre soñamos con un viaje largo, o mejor, con vivir de viaje. Fuimos mochileros y recorrimos miles de kilómetros a dedo, hicimos couchsurfing e intercambio de casas, viajes en motorhome por Europa, y desde que navegamos, travesías a vela cada vez que se presentaba la oportunidad. Pero nació Ulises y con él cambió todo: era tiempo de parar de soñar, era tiempo de hacer. Queríamos compartir con él esta pasión por conocer, por el mar; por estar en la naturaleza. Queríamos tener más tiempo para los tres, ser dueños de los días.
La vida en el mar. Constanza y Ulises.
Ulises acababa de cumplir los dos años cuando volamos a Floripa para empezar esta aventura. En Buenos Aires dejamos nuestro departamento en alquiler con todo lo que tenía adentro y nos trajimos una mochila cada uno, más una extra de juguetes. Limpiamos el barco, lo sacamos del agua para pintarle el fondo, hicimos algunas cuantas mejoras para la vida a bordo (como una ducha exterior con un bidón negro que calienta el agua con el sol), y zarpamos un sábado temprano, bajo un cielo azul azul, con vientos portables. Un bien augurio. Las primeras escalas fueron Bombas y Bombinhas, Camboriú, Itajaí, Sao Francisco do Sul.
Cambió todo. Cambiamos un departamento en Núñez por un velero de 9 metros de eslora (largo). Cambiamos la ciudad donde crecimos por una sucesión infinita de playas desconocidas y bahías bien abrigadas. Cambiamos la dieta de una manera rotunda, porque incorporamos ingredientes locales y el pescado que Juan caza con arpón, y dejamos de consumir tanta comida de paquete, ahora por ejemplo amasamos nuestros panes, pastas, hacemos galletitas y tortas caseras. Y definitivamente cambiamos las rutinas, que al vivir en el mar están determinadas en un 100% por el clima: si hay sol todo sucede afuera o llueve y nos tenemos que guardar en 10 metros cuadrados; si hay viento, poco, mucho o demasiado, para navegar; si hay olas que nos sacuden el sueño o el mar es un espejo perfecto para descansar por las noches.
Hicimos escalas por todo el litoral paulista, brindamos cuando cruzamos el Trópico de Capricornio y cuando entramos al Estado de Río de Janeiro, con su promesa de aguas templadas todo el año. Hoy estamos en Angra dos Reis, un archipiélago con 365 islas y 2000 playas, un paraíso que nos está reteniendo más de lo que hubiéramos planeado, si acaso hubiéramos podido planear lo que sucedió en estos últimos 6 meses. Lo cierto es que cualquier esbozo de fechas, destinos, proyectos, es siempre modificado a raíz de conversaciones con otros navegantes, encuentros con otros viajeros o locales que nos abren caminos nuevos, impensados.
«Por lo menos ahora el rumbo es incierto». Pienso en el vértigo que me dio escuchar a Juan decir eso aquella vez, con nuestro hijo tan chiquito y todo por soltar; y en la libertad que siento ahora cuando la leo escrita. Por eso, otra vez, este viaje tiene varias fechas de inicio, pero no tiene final.
Ulises disfruta la vida en el mar

Para seguilos

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